"CALZÓN DE VIEJA". Cuento. Reinaldo Miño Vaca

 

                                   

                                       

Se aferraba a los barrotes como si quisiera romperlos. Tenía tensos los músculos de los antebrazos pegados a las rejas como si intentara traccionar los duros hierros y ganar la libertad.

 ¿Cuánto tiempo será, Dios mío? No resistiré la prisión.

 ¿Cómo pudo pasarme…?

 ¡Ah! Calzón de vieja, le fritaron a coro los compañeros de trabajo, en la cantina, hiriéndole con sus estrepitosas carcajadas.

 Se llenó de rabia. Buscó, entonces, al más fuerte. No le gustaba sacar ventaja de su recia contextura física. Lo tomó de la camisa. El otro, medio asombrado, se irguió sin resistencia y Eusebio le lanzó puñada tras puñada hasta verlo caer pesadamente, Sin pronunciar media palabra, giró sobre los talones y abandonó la cantina.

 Mal humorado y rabioso se fue a caminar entre el destello de los cucuyos y el ruido melodioso de la selva.

 Fue sosegándose lentamente.

 De regreso a su cuarto, prendió la luz y como todas las noches se dedicó a destripar cucarachas con sus pesadas botas camineras.

 ¿Por qué se le ocurrió a Daniel aquello de “Calzón de vieja”?

 No podía olvidarlo.

 Eran ya tantos años…. Con qué gusto se hubiera tomado unos tragos esa noche. Y ahora estaba solo, insomne.

 Como una enorme piedra sentía la amargura aplastándole el alma.

 Las aristas amargas del recuerdo le lastimaban el corazón y sangraba por dentro.

Terminó la escuela con notas aceptables. El hijo de un albañil – no puede ser alumno sobresaliente, a menos que no ayude al padre y se dedique sólo a “la letra”.

Aspiraba a estudiar, es cierto. Sabía de un colegio nocturno donde dicen no ser muy caros los estudios.

 El padre, Don Esteban, quiso estudiar y se opusieron los padres.

 A Trabajar, carajo, le había gritado el abuelo. Yo no mantengo a vagos.

 Así se hizo albañil Don Esteban.

 En cambio, Eusebio quería ser aviador y le confió a su padre.

 El primer avión que vio volar le asustó con su ruido y le tentó con su vuelo.

 El padre se rió, como si hubiera dicho una tontera. Luego, con amargura, le explicó:

Tendrías que ir a Quito o Guayaquil. Ser bachiller. Esa profesión cuesta un platal...

Seré aviador, dijo para sus adentros Eusebio. Estudiaré en el colegio nocturno y trabajaré de día.

 Apenas escuchaba un motor, prendía los ojos en el cielo y seguía el vuelo de los aviones con envidia y golosina. Qué lindo debe ser estar allá arriba.

 Nadie le impediría lograr su objetivo.

 Le dijo al padre que le matriculara en el colegio nocturno.

 Ya veremos. Siempre es caro… La madre se opuso terminantemente.

 No nos alcanza ni para comer lo que gana tu taita. ¿No ves las borracheras que se pega el sinvergüenza? Tenís que trabajar….

 Eusebio no discutió con ellos. De todos modos, trabajaría esas vacaciones y se matricularía. Seré aviador.

 Y en esas vacaciones comenzó su tragedia… Habían venido de provincia. Habitaban un cuarto estrecho, la comida era escasa, el vestuario, malo.

 Clara Elena estaba flaca y arruinada. Era blanca y sus cachetes sonrosados iban decolorándose con los años y los partos.

 Paría un hijo cada dos años. Eusebio no entendía por qué se le morían los hermanos pequeños.

 La madre iba a lavar ropa con el último crío sobre la espalda, la penúltima quedaba encerrada en el cuarto o le encargaban en el vecindario.

 Recordaba muy bien que una hermanita se les perdió en el Hospital.

 Le habían pedido a la madre unos remedios caros. El marido no trajo la semana porque se había ido a beber con los amigos. Clara Elena era un mar de lágrimas.

 Borracho, sinvergüenza. Anda verás a la guagua, desgraciado. Pagá los remedios.

No pudieron ir ni ella ni él hasta reunir los quinientos sucres.

Felizmente, ya lo sabían, en el Hospital no se comen a los niños.

 Cuando fue por la hija, la insultó la Jefe de Enfermeras. El Jefe de sala la llamó depravada y la Visitadora Social tenía tantas ocupaciones que sólo ofreció investigar la desaparición de la criatura.

 Bien conocían a Clara Elena en el Hospital “porque había dejado morir dos hijos”.

¿Por qué no vino a retirar la niña a tiempo?

 Me pidieron quinientos sucres para unos remedios y estábamos sin plata, dijo, en voz baja, enjugándose las lágrimas.

 Bueno, averiguaremos….

 Jamás supieron algo sobre la criatura.

 Esteban bebía más y más. Culpaba a la madre. La mujer culpaba al borracho del marido. La casa era un infierno de gritos y voces, cuando Esteban volvía de la cantina. Eso sí, el marido, lo que era raro, nunca golpeó a su mujer y mejor Clara Elena le propinó alguna vez varios palos en sus momentos de furia.

 Nunca podrá olvidar esas vacaciones de sexto año. La hermana perdida cuando empezaba el año lectivo. Y ese viernes, precisamente viernes, la ausencia definitiva de la madre…

 Se fue con los dos críos. Adrede, viernes, para que venga el borracho y se encuentre sin nadie.

 ¿El hijo? Ya está hombrecito. Ya puede trabajar. Mi vida es un infierno. Ya no resisto más. Me voy a mi provincia.

 A Esteban el pasó la borrachera. Frío el fogón. Los pocos trapos de la casa se fueron con la madre. 

Pelada la cama del matrimonio. Sólo el jergón y la frazada del hijo mayor estaban en el sitio de siempre, sobre el suelo.

Esteban preguntó al hijo:

¿Sabes dónde está la madre?

El niño tenía los ojos llenos de lágrimas.

Movió negativamente la cabeza.

Esteban le increpó, violento:

Contesta, carajo. ¿No te dijo nada?

No, gritó el niño, desesperado. Cuando volví no había nadie.

Mamá me dio permiso para ir al campo de aviación. Me besó en la frente, me bendijo y se puso a llorar.

¿Qué le pasa? Le pregunté. Nada. Cuidaráste mucho. Cuando llegué la vecina Lola me dijo:

Se fue tu mamá…

Esteban se serenó.

¿Has comido?

Un pan.

Buscó monedas en los bolsillos. Recordó avergonzado que eran las primeras horas de la madrugada.

Acuéstate.

¿Y usted? Respondió el niño.

Esteban volvió los ojos hacia el lecho pelado.

Papá… durmamos juntos.

Arregló la cama de los padres con su jerga y su manta. Desde entonces se unieron más y más.

Desde entonces, Esteban no bebía. Dura lección le dio la Clara Elena.

Iremos a Riobamba.

Nadie les dio razón. Los padres de ella habían emigrado. Los pocos familiares de él que conocieron a Clara Elena, no la habían visto.

Se les acababan las monedas.

Consigamos trabajo.

¿De qué?

De albañil.

Esteban dijo no.

¿No quieres ser aviador?

El niño miró al padre sorprendido. Creyó que se burlaba.

Esteban sonrió. Abrió los brazos. Se puso a zumbar como un avión con los brazos abiertos. Ambos rieron. Se abrazaron. Nadie podría describir lo que sentían.

Esteban tenía una innata capacidad para la broma, para hacer reír a la gente. Los amigos le decían el payaso. En la cantina, la Gorda Zoila se ponía a reír a mandíbula batiente cuando le acosaba con sus bromas y entonces se portaba generosa…

La fritanguera desplazaba unas doscientas libras y sin ser vieja era agradable. Hacia adelante negociaba vendiendo fritada famosa en ese barrio y en la cantina emborrachaba a su gran clientela de trabajadores. Esteban bebía gratis muchas veces.

Esteban era hombre de fibra, estatura mediana, cabellera hirsuta, piel morena. Los ojos negros le bailaban vivos. Pestañas largas y pobladas cejas. Dientes gruesos y completos que le proporcionaban una sonrisa de conquistador nato, como le gustaba vanagloriarse, diciendo que no hay mujer que pueda resistirlo. Estaba siempre en plan de broma. Sus ocurrencias le abrieron muchas puertas. 

Tocaba la guitarra a medias y cantaba como para no callarlo. La Gorda Zoila le dedicaba religiosamente los viernes y estaba amartelada del payaso. Se bañaba justamente el viernes y Esteban ya sabía que esa noche la Gorda cerraría más temprano y lo retendría para que calme sus ardores.

La noticia le llegó a Clara Elena. El payaso juró y rejuró que no tenía nada con esa gorda y fea. Clara Elena llegó a olerle la ropa. Esteban se acostaba desnudo con su Gorda y luego se lavaba con alcohol los genitales. Los escándalos no por eso cesaban en su casa.

Clara Elena se fue y él dejó de ir a la cantina y se alejó de la Gorda.

No quiero ser albañil ni quiero que tú lo seas.

¿Y qué haremos?

Seré payaso.

El muchacho rió.

- ¿Y yo?

- Tú serás mi ayudante.

- Yo no sirvo para eso.

- Ya verás. Nos irá muy bien.

- ¿Por qué no vuelves a ser albañil?

- No quiero. No quiero nada que me recuerde lo que he sido.

Estaba triste.

¿No buscarás a mi madre y mis hermanos?

Ya no.

Lorenzo un primo, les prestó algún dinero que ellos pagaron apenas mejoró su economía.

Volvieron a Quito. Tendrían una manta en El Ejido.

Esteban tomaba una campana y convocaba a la gente:

Vengan hombres, vengan mujeres, vengan chullas, vengan guaguas. La función va a empezar. Los mejores payasos del mundo le harán reír hasta orinarse. Mi chulla: No se vaya. Qué les pasa. Acérquense por favor…

El muchacho mientras tanto, se pintaba.

Hoy presentamos el drama sensacional: Madre querida.

Eusebio entraba en escena, ya pintado y con sus grandes calzones de payaso.

Esteban se acostaba mientras Eusebio divertía al público, cubriéndole el rostro casi completamente y tapándose todo él con una manta negra.

Eusebio le gritaba, desesperado:

Madre, Madre querida, no te mueras….

Esteban con voces femeninas.

Me muero, hijito, me muero. Busca a tu papá, antes de que sea demasiado tarde. Ayayay, ayayay, y otra vez ayayay.

¿Sabes lo que me duele?

¿Qué te duele?

¡Me duele el ayayay!    

¿No te duele el ananay?

Corre, corre, busca a tu padre en la cantina. Dile que a tu madre le duele el arrarray.

Ay madre, ¿y dónde queda el arrarray?

Eso sabe tu padre… Corre, corre. Seguro que el borracho estará en la cantina.

Voy madre voy. Pero no te mueras, Volveré con mi padre.

Esteban se ponía de pie y con voz estentórea y gruesa, riéndose, decía:

Aquí está tu padre y como ves, no estoy en la cantina.

¿Por qué mientes, entonces?

Tu madre no está. Ella se ha ido.

¿Y por qué te has pintado la cara de albayalde?

Porque ahora soy payaso.

Qué cara más fea.

Más fea será la tuya. – La tuya.

Tu abuela.

La tuya.

Se ponían frente a frente.

Tu cara es fea, decía Eusebio y tienes labios de caucara.

Tu cara es fea y sucia. Parece calzón de vieja.

La gente reía sin falta en esta parte.

Al chico le molestó siempre esa frase pero jamás le confesó al padre.

Terminaba la farsa, recogían en un sombrero lo que el público resolvía obsequiarles.

Días bien. Días mal. Recorrían cantones y parroquias en los días de feria. Inventaron algunos juguetes cómicos, con chistes gruesos, con palabras vulgares. Esteban hacía su papel con mucho acierto. Eusebio era bastante seco.

Se fueron a la Costa porque una compañía de titiriteros les desplazó de El Ejido, su plaza fuerte.

En la Costa les fue mejor. El propio dialecto de los serranos les parecía risible a los costeños.

 Eusebio crecía y maduraba a ojos vistas. Como que ya sobrepasaba los quince años…

 Esteban empezaba a leer libros. Un día se sonrojó porque el hijo lo descubrió leyendo: Teatro popular. Como triunfar en las tablas.

 Una noche le dijo el padre:

 ¿Sabes? Si quieres ser aviador, debes ir al colegio.

 Olvídelo. Ese es oficio para ricos.

 Si quieres, puedes. Tengo unos reales ahorrados.

 El padre vivía pendiente de sus deseos, de sus preocupaciones.

 Una noche salió el muchacho acicalado. Volvió bebido.

 El padre le miró con honda pena.

 Voy a trabajar en la bananera, le anunció esa noche. Ye ayudaré los días que pueda.

 Está bien.

 El payaso ensayaba monólogos. Aprendió a declamar, Ejercitó pantomimas. El público le aplaudía mucho más y a veces era generoso en sus errogaciones.

 Coincidían en la pieza, pero se hablaban poco.

 Al padre le tocaba tomar la iniciativa.

 Vuelvo a Quito.

 ¿Por qué?

 Tengo que abrirme campo en la Capital.

 Se abrazaron con viva emoción. Sin decirse palabra, el hijo vio marchar al padre con el pequeño bulto de su atuendo de payaso.

 Y aquel viernes… Otro viernes, ¡maldita sea!

 El sábado le dieron la noticia.

 Qué bestia. Si casi le sacas el ojo.

 Por qué mierda me llamaron calzón de vieja. Ya saben que me encabrono.

 Luego, calmado: No quise hacerle daño.

 El lunes llegaron los gendarmes y le llevaron preso.

 Daniel fue a buscarlo, llevándole una buena ración de alimentos.

 Antes de que pueda comérselos, los delincuentes le rodeaban le quitaron todo. Alzó los hombros. No tenía hambre.

 Voy a escribirle a tu padre. ¿Sabes la dirección?

 Hizo una mueca y respondió con sorna.

 Esteban Morocho. Quito El Ejido.

 Habían pasado siete días y continuaban abusando de él los delincuentes que lo rodeaban. Entonces dijo: Carajo, ¡basta!

 Se trenzó en una soberana puñetiza.

 En la “crónica roja” del día siguiente, asomó la noticia:

             CALZÓN DE VIEJA FUE A PARAR AL HOSPITAL.

 Se describían las hazañas de este agresivo sujeto que dañó el ojo a un compañero de trabajo y dejó inconscientes a dos maleantes antes de recibir una tremenda puñalada.

 Don Esteban leía el diario de Guayaquil, como acercándose al hijo, todos los días en el puesto de revistas de la esquina.

 Voló a buscar a Eusebio. Compró la libertad del joven, guardias, policías, secretarios y, por supuesto, el abogado se llevaron los ahorros que Don Esteban había guardado todos esos años, pensando en que su hijo se decidiera por la aviación.

 Eusebio ni recaudó el trabajo ni le dieron cantidad alguna.

 Volvieron a Quito.

 Ya nunca pusieron en escena: Madre querida. El padre era más ducho, el hijo estaba aprendiendo otra vez los nuevos papeles que prepara su padre.

Le gustaba una farsa en la que él era el General Cosme Renella. Se llenaba de condecoraciones. Hablaba de la guerra, de la Patria. Hasta tenía un avión de carrizo construido con las alas plegables que manejaba entre las gentes.

 Ya nunca nadie más le dijo calzón de vieja ni el intentó pegar ni le hirieron con puñales. Después de todo, muchas gentes sabían que el General Cosme Renella surcó por primera vez nuestro suelo, el cielo de Quito, en viaje desde Guayaquil o viceversa.

 No hay cielo como el de Quito, decía el General.

 Cuando no llueve, replicaba el payaso.

 Lindo cielo de mi Quito, decía el aviador.

 Variable como todas las mujeres, replicaba el payaso. Tanto molestaba el payaso, que el General lo hacía arrodillar y pedirle perdón, tiembla que tiembla, suplica que suplica. Entonces el General por el un lado y el payaso por el otro, tendían el sombrero a la generosidad del público.

 Eusebio fue una noche al cine.

 Una mujer bien vestida y provocativa se le acercó mimosa.

 Fue con ella. Pactaron. Mientras marchaban a la casa de cita, se le ocurrió preguntarle:

 ¿Cómo te llamas?

 Me llamo Clara Elena. Si quieres, dime Lulú.

 Eusebio se detuvo. ¡Le saltaba el corazón!

 La miró de hito en hito. Algo le perturbó mucho más tras mirarla.

 Estaba mudo, estático.

 - ¿Qué te pasa?

 - Toma

 Le entregó lo pactado.

 Y… ¿No vamos a acostarnos?

 Márchate.

 Al día siguiente el General Cosme Renella desplegaba sus alas de carrizo…..




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