YO TENGO UN GRAN PAÍS DESDE EL PASADO. Poema Reinaldo Miño, 15 de agosto 1987
yo tengo un gran país desde el pasado
más tengo un gran país desde el pasado.
Es mío, tuyo y nuestro:
es y será tan grande como antaño, como siempre.
Fue mar y playa, pequeño asentamiento.
Primera historia de sedar la marcha,
de aposentar el fuego y las cocciones.
El humo fue señal de mis mayores:
móvil surco de la tierra al espacio.
Aquí estamos, decía, aposentados.
Fusión de tierra ya cocida,
forjada por la mano milagrosa del Hombre,
endurecida para que el fuego ni la quiebre,
ni la dañe, ni la disocie.
Bullen en agua hirviente los granos desgranados
o renace, suavizado y ardiente,
el choclo con su vieja y amada sonrisa milenaria.
Si quieres, dílo porque en parte es cierto:
Tengo un pequeño país en el presente.
-Qué hermoso es tu pequeño país,
me dice algún hermano que no quiere hablar de lo nuestro todavía.
He vuelto del lejano lugar donde la ciencia
descubriera la lejana y primitiva Historia del Hombre
antes de modelar la tierra con sus manos.
Vuelve de allá donde amanecen los reptiles
llegando con su pausa protegida casi de roca
y paso a paso
cargando el testimonio del pasado.
Tengo, es cierto, un pequeño i hermoso país
que aún ahora, adora a su vigía
que llega hasta su piel verticalmente,
besando su profunda melanina,
tendiéndose en sus playas
donde el oleaje anuncia su futuro
con su canto de mar nuevo y eterno.
Tengo, es cierto, las cumbres ya sembradas
sobre su viejo escombro milenario para de monte poderoso
– Cápac Urcu volverse altar del hielo i la ventisca.
O penacho de fuego en su Tungura,
boquerón de volcán que brama y que fulgura
O adalid de los vientos y la nieve: Carihuairasu
que clausura su cráter y su altura,
padre ancestral de vieja arquitectura
cercano a la montaña de paja y nieve,
Chimboraso, copa para la gloria i el delirio.
Por donde nace el sol, vuelvo de nuevo
a ser tonante planicie siempre verde,
sombra de bosque inmenso,
pisos de alas y lianas,
hojas y enredaderas.
Y soy agua que se hincha
en la ensanchada dimensión del caudal americano
en su dulce matriz que va creciendo
hasta empujar al mar donde termina.
Sobre todo, soy hombre,
porque todo país es ser humano
que mide y determina su estatura.
Es presencia del Hombre que camina.
Es cierto, soy la sangre derramada
pero es, antes que todo,
la sangre contenida que corre con nosotros,
que vibra con nosotros y se hace luz aquí, donde pensamos,
y se vuelve canción, aquí, donde sentimos.
Es ruido de la vida que se agita
para volverse amor todos los días.
Es ruido de la vida que se agita
para volverse amor todos los días.
Tengo un país ilímite.
El hermano, porque así le dijeron,
me niega la frontera y yo niego la suya.
La verdad es que somos ilímites
sin marca, ni púa o valladar.
Desde hace siglos, la tierra ha sido indivisible
desde milenios, anduvimos de bosque en bosque
levantando aquí y allá la paz del aposento.
Con nuestras manos colectivas, para el yantar común,
fuimos sembrando la chacra comunal,
y aunque un viejo egoísmo nos volviera rival del propio hermano,
supimos caminar y de repente
ya fuimos Huayanay, la golondrina que vuela,
nuevamente, de playa a cumbre.
Fuimos Tumbe en la playa,
llegamos con Kitumbe al altiplano.
Entonces fuimos cóndor, luego, tauantinsuyu -los cuatro puntos cardinales
y entonces matria inmensa, continente.
Con Manco Cápac somos pobladores del Cusco.
Fuimos vieja siembra de piedra en Machu Picchu.
Y ahora, digo América, Nuestra América,
volcán todos los días, inmensa playa humana sin frontera
que sube hasta el Caribe y de repente,
somos cintura, Atlántico y Pacífico.
Nos volvemos pirámide y horóscopo:
País crecido, inmenso, ilímite:
Ya somos continente.
Tengo y soy de un pequeño país, es cierto
donde el viejo Dios de mis viejos abuelos primitivos
nos mira vertical, nos ama tanto que nos llena de frutos i torrentes.
Nos devuelve el pelambre de la fronda
el milagro verdor de la esperanza
y el milagro de El Hombre
que es cumbre,
torrente,
sangre crecida,
jilguero y colibrí,
puma y serpiente.
Vieja sabiduría, dominio del crecido mundo de hondonadas
y cumbres, de trópico y de puna,
de lagos i montañas.
Te presento mi Patria que no tiene fronteras;
que se llama, de antaño, Tauantinsuyu,
-los cuatro puntos cardinales-
que es vocación de cóndor,
vuelo de golondrina,
velocidad de jindi entusiasmado
con su verde relámpago de sol,
propietario de flor,
de miel,
de vuelo
y de destello.
Aquí estamos, hermano,
para que sepas que queremos la paz para los hombres
y de nuevo los panes compartidos
y de nuevo en común las sementeras
y de nuevo el banquete colectivo.
Y otra vez el amor, la paz, la vida.
Yo vengo desde un viejo país y un viejo pueblo
que es tuyo i mío
porque es universal: Tauantinsuyu:
Los cuatro puntos cardinales:
para ti, para mí, para nosotros.
Yo te amo nuestra América,
Patria siempre soñada, ya cercana.
Te espera nuestro Sol
viejo Dios de la paz y la amistad
entre todos los Hombres.
Tengo, es cierto,
un pequeño país que no tiene fronteras:
Porque se inicia en la mitad del mundo
y es para ti, hermano de cualquier latitud,
ven al tauantinsuyu, los cuatro puntos cardinales,
aquí proclamo el nuevo amor universal:
El hombre que camina a un futuro de paz y de sosiego.
No te permito el daño de la duda:
Solo el Amor del Hombre es mi verdad.
15 de agosto 1987
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