"DE TAL PALO, TAL ASTILLA"

"De Tal palo, Tal astilla" 

Yo soy Amanda y quiero compartir algunas de las enseñanzas que recibí de mis padres: Juan, un hombre bueno que marcó profundamente mi vida en lo personal y profesional, y Manuela, una mujer adelantada a su época en muchos aspectos, que supo guiarnos con amor y sabiduría. Renunció a su vida profesional para dedicarse por entero a su hogar y a sus hijos.

Ya quisiera yo ser apenas una astilla de ellos. Como toda hija, me siento profundamente orgullosa de provenir de su tronco, de prolongar, de alguna manera, sus vidas y, ojalá, también parte de su legado.

Pido disculpas si resulta poco humilde compartir estas vivencias y enseñanzas que, día a día, nos transmitieron; pero siento que muchas de ellas siguen acompañándome y dando sentido a mi manera de mirar el mundo.

Mi madre, Manuela, fue una mujer especial. Además de hermosa, elegante e inteligente, era sabia y prudente. Nos educó bajo sólidos principios de honestidad, responsabilidad y respeto. Su conversación estaba llena de refranes y enseñanzas que contribuyeron a forjarnos como seres humanos íntegros.

Mi padre, Juan, además de médico, era poeta y soñador. Tenía como premisa que los seres humanos somos bondadosos por naturaleza, y así lo enseñó a sus hijos. Cuando escuchaba comentarios sobre alguien que había cometido un error o actuado de manera cuestionable, decía: «Recuerda siempre todo lo bueno que tiene» o «Debemos recordar las buenas acciones de las personas, lo bueno que hicieron por nosotros o por otros».

Recuerdo claramente a un familiar muy cercano que atravesó un problema con la justicia y fue acusado de algo que no había cometido; el tiempo terminó demostrando su inocencia. Mi Papi nos repetía: «Aunque fuera culpable, nosotros no lo vamos a abandonar. Es nuestra familia y siempre contará con nosotros».

Otra de las frases de mi padre que más me ha acompañado, y que también me ha costado cumplir, era: «No existe el “no puedo”, sino el “no quiero”». Alcanzar lo que uno se propone no siempre es fácil; sin embargo, la vida me ha enseñado que, aunque a veces no logremos aquello que anhelamos, siempre queda la satisfacción de haberlo intentado con todas nuestras fuerzas.

Mi madre, por su parte, repetía con frecuencia: «Ver, oír y callar, si del mundo quieres gozar». También decía: «Solo lo que no se dice y no se hace, no se sabe»; «El que principia y no acaba, no es gente»; o «Cada uno piensa con su cabeza». ¡Cuántos refranes! Aquellas palabras me enseñaron a ser perseverante, a procurar la prudencia, a no juzgar a las personas ni emitir opiniones que nadie me ha pedido. Sin embargo, debo reconocer que es difícil callar y más en la política. Cuando considero que es oportuno, expreso mis convicciones con respeto, defendiendo mis ideas sin dejar de valorar el derecho de los demás a pensar y creer de manera diferente.

He recordado mucho estas enseñanzas ahora que he llegado a la tercera edad. Algunas personas sienten tristeza ante el paso de los años; yo, en cambio, siempre he agradecido cumplir un año más. Y eso se lo debo, una vez más, a mi padre, quien repetía: «Siempre debemos celebrar la vida».

En nuestra casa, cada cumpleaños era una fiesta. Siempre había torta —muchas veces irregular o un poco quemada— hecha con amor por nuestra madre. Casi siempre quedaba un hueco en el centro, que resolvíamos colocando un pan debajo para rellenarlo. Nunca supimos por qué ocurría, ni ella logró solucionarlo del todo; pero eso jamás importó. Lo importante era el almuerzo en familia, la bulla, las risas, los abrazos al cumpleañero y la felicidad compartida.

Hoy, al reflexionar sobre mi llegada a los sesenta y cinco años, pienso, en primer lugar, que podría no estar aquí celebrando un cumpleaños más. Y, sin embargo, he tenido la fortuna de vivir plenamente. En segundo lugar, me siento bastante bien para mi edad. Y, en tercer lugar, descubro los privilegios humanos de esta etapa: ya no vivo bajo presiones ni horarios; duermo lo necesario, voy adonde quiero cuando quiero, asisto a charlas y encuentros que me interesan y sigo aprendiendo sobre salud, un ámbito que siempre ha sido parte de mi vida.

También me he vuelto más tolerante. Ya no me afecta tanto lo que la gente piensa o cómo vota. Entiendo que cada persona y cada pueblo eligen su camino, y he aprendido a vivir con menos angustia.

Aunque agradezco profundamente estar viva, no me preocupa la muerte. Lo que deseo es vivir dignamente el tiempo que me quede, ser un referente para mi hija y transmitirle la alegría de vivir plenamente, sin apegos materiales, con la tranquilidad de hacer las cosas bien y sin dejarse arrastrar por un mundo cada vez más violento, al que tanta solidaridad y hermandad le hacen falta.

Hoy prefiero mirar lo bueno de la tercera edad y de cuánto me rodea. Me siento plena. Agradezco a mi compañero, a mi hija, al nuevo hijo que me ha regalado la vida, a los seres queridos que me acompañan y también a esas personas que, sin ser familia, siento profundamente cercanas.

Si algo he aprendido de mis padres es que la vida merece celebrarse, que las personas deben ser recordadas por lo mejor que tienen y que la bondad, la gratitud y la solidaridad son las huellas más valiosas que podemos dejar en nuestro paso por el mundo.


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