LA DESPEDIDA DE MI PADRE
Fue un seis de julio de 2006. Eran aproximadamente las seis de la tarde cuando toda la familia nuclear se reunió en la casa de La Floresta, esa casa que guarda algunos de los recuerdos más entrañables de nuestra vida.
Era una vivienda antigua, con
jardín delantero y posterior. La puerta principal se abría frente al jardín y
al garaje. Tras subir tres escalones se llegaba a un pequeño vestíbulo y a una
habitación; junto a ella estaba la hermosa puerta de madera tallada que daba
acceso a la sala-comedor. Al frente lucía la chimenea que tantas veces nos dio
calor y fue testigo de innumerables reuniones familiares. Al fondo nacían las
gradas que conducían al dormitorio de mis padres y al estudio, donde pasó
incontables madrugadas leyendo y escribiendo.
Cuando corrió la noticia de su
muerte, la casa comenzó a llenarse de familiares y amigos.
En su estudio permanecimos los
médicos de la familia junto a los demás. Éramos cuatro, además de él, y nos
correspondió la tarea más difícil: ayudarlo a partir en paz y sin dolor, tal
como él mismo lo había decidido y exigido.
Había prohibido terminantemente
cualquier medida extrema o tratamiento que prolongara inútilmente su
enfermedad. Cuando comprendió que su cuerpo ya no respondía, dejó de aceptar
alimentos y agua. Entonces decidimos administrarle una sedación ligera.
Dos días después, murió.
Lo primero que pensamos fue en
cumplir su deseo de ser enterrado en Ambato. En medio del inmenso dolor por su
partida, tuvimos que organizar el traslado. Consultamos con colegas de la
Dirección Provincial de Salud, pero, debido a la hora del fallecimiento, fue
imposible obtener el permiso reglamentario.
Decidimos llevarlo de todos
modos.
Por fortuna, todo transcurrió sin
inconvenientes.
Llegamos cerca de las once de la
noche a nuestra tierra. Algunos familiares nos esperaban y una prima había
coordinado previamente con la funeraria. Allí entregamos el cuerpo para su
preparación.
Debíamos esperar hasta el
amanecer para trasladarlo al salón de velación de la Casa de la Cultura de
Tungurahua, que generosamente puso a nuestra disposición su salón principal.
El féretro era sobrio, sin símbolos religiosos. El salón estaba iluminado únicamente por lámparas y flores.
Al amanecer nos repartimos entre distintas casas para descansar unas horas. La mayor parte de la familia permaneció junto a mi madre en la casa de la calle Cuenca, aquella que perteneció a la familia de Méntor Mera Oviedo, el gran amigo y camarada de mi padre.
Siempre vi esa casa como salida de un cuento: tenía un jardín delantero y otro posterior, puertas y ventanas de madera, techo de teja, pisos de duela y un hermoso arco de madera que separaba la sala del comedor. Sus pequeñas ventanas le daban un encanto especial a ese espacio.
Allí vivimos momentos inolvidables. Compartimos innumerables partidas de la novia, caras y gestos, cuarenta y veintiuno, además de largas conversaciones durante nuestros viajes a Ambato. Mi hija disfrutaba especialmente aquellas reuniones; hacía pareja con su abuelo en el cuarenta y la "apuesta" casi siempre era el almuerzo del día siguiente: un cuy o una fritada en Ficoa. Eran juegos, risas y pequeñas tradiciones familiares, que al igual que los encuentros con familiares y amigos nos acompañan por siempre.
Esa madrugada algunos fuimos a descansar a la
casa de unos primos. Sin embargo, fueron horas interminables. Resultaba
imposible conciliar el sueño mientras escuchábamos al Tungurahua rugir en la
distancia y esperábamos el momento de volver a encontrarnos con nuestro padre.
Antes de salir de Quito habíamos
alcanzado a enviar el parte mortuorio al periódico local y, al parecer, varias
emisoras de radio también informaron sobre su fallecimiento.
A la mañana siguiente comenzaron
a llegar autoridades, amigos, familiares y muchos pacientes de mi padre. Entre
ellos estaba el alcalde de Ambato, quien solicitó muy amablemente que el
velatorio continuara en el Salón de la Ciudad, en el Municipio, para que toda
la ciudadanía pudiera despedirlo.
La Casa de la Cultura aceptó la
propuesta y el féretro fue trasladado al majestuoso salón ubicado frente al
parque Montalvo. Siempre me impresionó ese edificio de piedra, con su gran
escalinata, sus inmensas columnas y los balcones que miran hacia el parque. En
sus paredes cuelgan los retratos de cuerpo entero de los Tres Juanes. Frente al
estrado, donde reposaban el escudo y la bandera de Ambato, fue colocado el
féretro.
El salón se llenó por completo.
Cerca de doscientas personas acudieron a despedirlo.
Mientras tanto, una de mis
hermanas y yo salimos a buscar discos compactos con música protesta. Queríamos,
sobre todo, conseguir Si se calla el cantor, una de las canciones
preferidas de mi padre, para que acompañara el velatorio.
Cuando el alcalde vio el
reproductor de música, dispuso que el Grupo de Cámara del Municipio
interpretara piezas en vivo durante la ceremonia. Aquel gesto dio al homenaje
una solemnidad y una belleza que jamás olvidaremos.
Poco antes de partir hacia el
cementerio, nuestra hermana mayor agradeció la presencia de quienes nos
acompañaban y de las autoridades que habían querido rendir homenaje a nuestro
padre. También varias personas solicitaron espontáneamente dirigir unas palabras.
Mi hija interpretó, a capela, Gracias
a la vida, una de las canciones favoritas de su abuelo. Fue un momento
profundamente conmovedor. El salón entero guardó un respetuoso silencio y
muchos no pudieron contener las lágrimas.
Entre las anécdotas de aquel
velorio hubo una que todavía hoy nos provoca una sonrisa. Llegaron unas señoras
conocidas como "las lloronas" y comenzaron, espontáneamente, a rezar
el rosario. Todos nos miramos con sorpresa. Nos resultaba casi cómico imaginar
que alguien quisiera salvar del infierno el alma de uno de los herejes más
convencidos que ha tenido Ambato. Finalmente, un familiar se acercó con mucha
delicadeza y les pidió suspender el rezo. Ellas comprendieron y lo hicieron
respetuosamente.
Para mí, recibir el pésame fue
quizá lo más difícil de toda la jornada. Muchas personas, con la mejor
intención, repetían frases como: "Dios así lo quiso" o "Dios
sabe lo que hace". Yo solo pensaba que, si Dios existiera, difícilmente
querría provocar tanto dolor a una familia.
Con el tiempo comprendí, sin
embargo, la importancia del velorio. Esos momentos tan duros permitieron
recibir el cariño y la solidaridad de todos en un solo lugar, evitando que el
duelo se prolongara durante semanas con interminables visitas.
Pasado el mediodía emprendimos el
último recorrido. El féretro fue cargado en hombros por los nietos mayores, mi
hermano, mi esposo y mis cuñados. Caminamos cerca de ochocientos metros hasta
el cementerio municipal, acompañados por una multitud.
Mi padre fue sepultado en un
espacio concedido por el Municipio, frente al mausoleo de Luis A. Martínez,
junto a varios de sus amigos poetas e intelectuales, muy cerca también de su
padre y de uno de sus hermanos.
Allí ocurrió uno de los momentos
más memorables de aquella despedida.
Nuestros primos repartieron entre
los asistentes unas hojas con el himno que mi padre había escrito para el
Partido Comunista sobre la música de la Vasija de barro. Tomaron las
guitarras e invitaron a todos a cantarlo.
Fue una escena inolvidable.
Ver a personas de derecha, que
habían querido acompañarlo hasta su última morada por el respeto que le
profesaban, cantando un himno comunista escrito por él, fue quizá el homenaje
más hermoso que pudo recibir.
Así despedimos al hombre que nos
enseñó a amar la vida, a defender nuestros principios y a vivir con alegría,
incluso en medio de las dificultades.
Años después, cuando también
murió mi tío, otro comunista, hereje, amigo, colega, camarada y cuñado de mi
padre, no pude evitar pensar con una sonrisa:
«¡Que se prepare Dios o el
Diablo... porque allá van!»

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