¡BONITO HA SIDO LATACUNGA! 5 agosto 2026

El centro de Latacunga, tal como lo recordaba de hace dieciocho años, cuando trabajé en un proyecto que abarcó las provincias de Cotopaxi, Bolívar y Chimborazo, conserva el encanto de una ciudad colonial y de los primeros años de la República.

Recorrimos sus calles adoquinadas, estrechas y con aceras del mismo material, bordeadas por antiguas casonas que, a juzgar por sus fachadas, han logrado conservar buena parte de su esplendor. En algunas de ellas funcionan actualmente instituciones públicas, a las que pudimos ingresar. Una de las que más llamó nuestra atención fue el Instituto Tecnológico Superior Vicente León, institución centenaria cuya imponente fachada invita a conocerla. Y así lo hicimos.

Al atravesar el portal principal de ingreso, el vestíbulo exhibe varias placas conmemorativas dedicadas tanto a la institución como a su patrono. A la izquierda se encuentra un busto de Vicente León. Más adelante se abre un amplio patio interior con jardines que, aunque hermosos, podrían recibir un mejor cuidado.

Alrededor del jardín se distribuyen corredores con hermosos arcos que conducen a oficinas y aulas. En uno de ellos destaca un escudo del Ecuador finamente tallado en madera, una verdadera obra de arte. Junto a él se levantan las gradas que conducen a la planta alta, con elegantes pasamanos de madera cuidadosamente labrados.

En la esquina del corredor del lado derecho encontramos dos vitrinas empotradas en la pared que resguardan los trofeos obtenidos por distintas promociones estudiantiles. Lamentablemente, el polvo, las telarañas y la suciedad acumulados deslucen esos reconocimientos. Igual sensación producen las placas recordatorias de las diferentes promociones, colocadas en las paredes que rodean el patio, cuyo deterioro resulta evidente.

Al fondo del jardín se observa otro corredor junto a las gradas que conducen a la segunda planta. Desde allí se accede a la antigua piscina, los vestidores y los baños, actualmente fuera de servicio y en un avanzado estado de deterioro. En ese sector también existe una puerta de acceso a la calle posterior del Instituto.

Al subir las gradas se llega a un balcón que recorre todo el perímetro del edificio. Su balaustrada —formada por pequeñas columnas— conserva la elegancia propia de la arquitectura de la época. Alrededor se distribuyen oficinas y aulas.

En la planta baja, hacia el fondo y a la derecha, otro corredor conduce a un espacio donde crecen dos árboles protegidos por estructuras de hierro y considerados también árboles patrimoniales de la ciudad. A un costado se encuentran las canchas de básquet y fútbol, rodeadas por aulas distribuidas en las plantas baja y alta. En esta última destacan los barandales de cemento ornamentados con macetas que aportan color y alegría al conjunto, al igual que ocurre en el jardín principal.

Se trata de una construcción de gran belleza, representativa de la arquitectura republicana con fuertes influencias coloniales, que requiere un mantenimiento urgente. En varios sectores son evidentes los daños en el enlucido de las paredes y el deterioro de las puertas de madera, que aún permiten apreciar la calidad del trabajo artesanal con el que fueron elaboradas.

Al conversar con el personal que se encontraba en el lugar, nos explicaron que el edificio es un bien patrimonial y que, por ello, cualquier intervención requiere autorización de los organismos competentes. Nos comentaron además que no cuentan con los recursos económicos necesarios para realizar el mantenimiento que la edificación demanda. Con evidente preocupación también señalaron que el número de estudiantes ha disminuido considerablemente debido a la difícil situación que atraviesa el país.

Posteriormente visitamos la iglesia de San Agustín, la capilla de la Catedral y varias plazas y parques del centro histórico. Todos estos espacios destacan por su hermosa arquitectura y por estar rodeados de edificaciones que conservan la identidad histórica de la ciudad.

Otra grata sorpresa fue descubrir, en el edificio del Municipio, una tienda de artesanías donde se exhiben y comercializan trabajos elaborados por artesanos locales, inspirados en las tradiciones, fiestas y cultura de la provincia. Lo propio sentimos al visitar la “Casa de los Marqueses”.

Frente a toda esta riqueza cultural es inevitable preguntarse: ¿por qué las ciudades ecuatorianas no invierten más en la conservación y promoción de sus atractivos históricos y naturales? ¿Por qué no se impulsa con mayor decisión el turismo hacia estos lugares de enorme valor cultural? ¿Por qué instituciones como el Instituto Vicente León no desarrollan iniciativas de autogestión que permitan compartir con visitantes locales, nacionales y extranjeros el extraordinario patrimonio que poseen?

El Instituto, por ejemplo, podría fortalecer o incorporar una carrera vinculada al turismo y convertir sus propias instalaciones en un espacio para prácticas y pasantías. Ello permitiría generar recursos para los estudiantes y para la institución, al tiempo que contribuiría a preservar y difundir su legado histórico. Asimismo, la recuperación de la piscina y sus áreas complementarias beneficiaría a estudiantes, docentes y trabajadores, e incluso podría abrirse al servicio de la comunidad en horarios determinados.

Del mismo modo, el gobierno local podría impulsar una estrategia integral para recuperar estos espacios patrimoniales y contar la historia de la ciudad a quienes la visitan. Un esfuerzo coordinado entre el Instituto, las universidades, otros centros de formación y las autoridades locales permitiría que muchas más personas conocieran y disfrutaran de todo lo que ofrece Latacunga.

Ahora que se aproximan las elecciones seccionales, quizá sea un buen momento para que candidatos y ciudadanos reflexionen sobre estos temas. Conservar el patrimonio no significa únicamente proteger edificios antiguos; significa preservar la memoria colectiva, fortalecer la identidad de una ciudad y abrir nuevas oportunidades para su desarrollo económico y cultural.





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